Confesión mortal en Santo Domingo

7 mar. 2016

Vuelvo a la carga con una de esas historias que nos apasionan, sí sí no lo niegues a ti y a mí nos encantan estas truculentas historias murcianas. Historias que si además tienen un crimen de por medio ya es la bomba.

Y esta historia que os cuento hoy lo tiene, vaya sí lo tiene. Un crimen sin sentido, un asesinato nacido de un momento de locura, con una víctima prácticamente elegida al azar.

Esta historia murciana tiene lugar en la iglesia de Santo Domingo el jueves 3 de mayo de 1906.


Os pongo un poco en situación...

Los jueves, al igual que ahora, era día de mercado en Murcia y como ya os contaba en esta entrada por aquellos años se celebraba en la Plaza de Santo Domingo.

Acababa de terminar la misa en Santo Domingo y era la hora de limpiar la iglesia para los cultos del día siguiente. Los encargados de la limpieza eran el campanero, su esposa, dos monaguillos y el sacristán.

Plaza de Santo Domingo un día de mercado en 1911. Foto: Archivo General Región de Murcia

Como todos los días mientras limpiaban y esperaban que se secara el suelo dejaban la puerta que da la plaza abierta. De repente entró un sacerdote a toda prisa con la sotana remangada que se dirigía a la sacristía. En la sacristía el sacerdote se encontró con el monaguillo Ramón Gil y le preguntó por el Padre Marquínez, el superior de los jesuitas. El monaguillo le contestó que no estaba estos días en Murcia.

- ¿Quién hay entonces?
- Aquí solamente está el Padre Toribio Martínez.
- ¿Dónde se encuentra?
- Haciendo sus oraciones en la sala de juntas.
- Dile que si puede salir, que me va a confesar.

En ese mismo momento salía el Padre Toribio de la sala de juntas y hacia él se dirigió el sacerdote. Se saludaron y comenzaron a hablar de una manera distendida. El monaguillo se marchó a ayudar con la limpieza y los dejó solos con su conversación.

Al rato resonó en el templo una gran detonación, los que hacían la limpieza se quedaron parados, mirándose los unos a los otros sin saber que había sido ese estruendo. El sacristán dijo que debían de ser unos cristales que se habían roto, los demás le respondieron que eso no había sonado a cristales rotos.


Ramón, el monaguillo, fue el primero en reaccionar; corrió hacia la sacristía y vio salir en ese mismo instante al sacerdote que había preguntado por el Padre Marquínez con una pistola en la mano. El sacerdote se dirigía hacia el huerto.

De nuevo se escuchó otra detonación...

Cuando se acercaron el campanero, su esposa, los dos monaguillos y el sacristán al huerto se quedaron horrorizados con la imagen que vieron e inmediatamente salieron en busca de auxilio.

Tres guardias municipales acudieron a la llamada, los agentes Botía, Conesa y Gallego entraron en la iglesia revólver en mano. Más tarde se unirían el jefe de orden público, el señor Buendía, y la pareja de guardias del centro. Primero entraron a la sacristía y en la puerta de la sala de juntas encontraron un sacerdote tendido en el suelo cubierto de sangre. En ese momento lo oyeron decir Dios... y casi a continuación el Padre Toribio Martínez dejó de respirar.

Los guardias se separaron en busca del autor del crimen. Uno de los guardias salió al huerto y allí encontró a un hombre vestido con sotana tendido en mitad del cenador sobre un charco de sangre. Un hombre de unos 29 años que presentaba dos heridas de bala en la sien derecha.

Al registrar al asesino se le encontró encima un billete de tercera clase de ferrocarril desde Totana a Alcantarilla, un lápiz delgado ya muy corto, cuatro piezas de diez céntimos y un sobre cerrado que decía: Motivos del hecho.

En seguida se personó en la iglesia el juzgado de San Juan, formado por el juez señor Soler, el actuario señor Murcia y el oficial señor Marín. También acudió el fiscal de la Audiencia D. Rafael Pérez Torres. El juzgado revisó la escena del crimen, recogió pruebas y se llevó el sobre con los motivos del hecho.



No se sabe a ciencia cierta que decía ese sobre pero el Diario El Liberal después de investigar a fondo la vida y circunstancias del asesino en su edición del 4 de mayo de 1906 nos da algunas claves:

En el diario nos aclaran que el asesino era el Padre Pedro Morales, natural de Mazarrón. El Padre Morales desempeñaba su cargo eclesiástico en la parroquia de Santa María de Nieva, Segovia. Desde allí vino a Murcia para hacer ejercicios espirituales en el Convento de los Jerónimos, bajo la dirección de los jesuitas.

Desde el diario suponen que su resolución de acabar con todo de una manera tan violenta nacía de las dificultades en su carrera con las que se había encontrado en los últimos años; sus reclamaciones a las autoridades eclesiásticas que alguna vez le corrigieron; su sospecha o certidumbre de que en estos obstáculos no dejaban de ejercer influencia los jesuitas que recientemente le tuvieron haciendo ejercicios espirituales. Parece ser que tenía impuesta obligación de renovar frecuentemente sus licencias eclesiásticas debido a gestiones o denuncias de los jesuitas. Morales suponía que los jesuitas influían en su contra y este pensamiento le obcecó hasta el fin de sus días.

Lo que sí se sabe es que el sacerdote Morales se hospedaba en la fonda de la Catedral, en la habitación número dos; que había llegado hacía tres días de Mazarrón; que comía y dormía perfectamente, sin que nadie observara nada extraño. Los camareros de la fonda confirman al Diario que el día 3 por la mañana recibió un carta, dijo que no volvería a comer porque estaba convidado y se marchó, no volviendo a tener noticias de él.


En la investigación descubrieron que víctima y verdugo no se conocían, de hecho las primeras palabras que se dirigieron fueron las últimas. Pedro Morales entró a la iglesia de Santo Domingo buscando al Padre Marquínez, superior de los jesuitas en esta residencia pero al no encontrarlo y ciego como iba de ira y rencor mató al primer jesuita con el que tropezó.

La noticia corrió como la pólvora por todos los rincones de la ciudad. Muchos no se atrevían a creer lo que escuchaban por boca de sus vecinos y acudieron en masa a la redacción de El Liberal a esperar la salida del diario. Tanto fue el interés de los murcianos en conocer todos los datos del crimen y posterior suicidio que el periódico tuvo que renovar su tirada del 4 de mayo cuando ya se había dado por concluida.

Desde luego una terrible y desgraciada historia que no por antigua deja de estar de actualidad. Muchas gracias por estar ahí, nos vemos por Murcia.

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Fuentes: Diario El Liberal

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1 comentario:

  1. En Murcia también tenemos nuestros rinconicos negros jeje. Un saludico.

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